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Cultura

Quince minutos para seducir a un inversor: así también se financia la cultura

Son muchas mesas pequeñas, cubiertas con manteles negros y un número sobre ellas. Se distribuyen en dos pisos de la Casa Nacional del Bicentenario y se dividen en sectores. Muchas están por pares de personas y en los alrededores hay hombres y mujeres que esperan en los rincones, que charlan con tranquilidad, y revisan notas o sus celulares. Hay pantallas en las paredes que marcan el tiempo: un reloj en cuenta regresiva que mide los quince minutos que dura el encuentro en cada mesa. Luego viene el recambio. Podría parecer un juego de citas rápidas de esas que se hacen en los cafés, pero no; es otra cosa. Se trata de una primera cita, sí, y hay algo de seducción, pero lo que aquí ocurre se llama ronda de negocios y lo que hay que conquistar es el interés del otro, el “comprador”. Pese a que podría sonar a sala silenciosa llena de señores con traje y pantallas con powerpoints, se trata en realidad de un avispero enorme en el que distintas áreas -artes escénicas, artesanías, audiovisuales, diseño, música, artes visuales, editorial y videojuegos- se cruzan para que ciertas ideas pasen de ser un ping ping creativo a un producto bien concreto que pueda formar parte de eso que se llama la industria cultural. Esto es el MICA (Mercado de Industrias Creativas Argentinas), se desarrolló desde el 28 de junio al 2 de julio y en esas rondas que apuestan al cara a cara se desmenuzaron los modos de darle forma concreta a la inspiración de cada cual.

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Se hace cada dos años. La primera vez fue en 2011 y es un encuentro impulsado por la Secretaría de Cultura de la Nación. Dicen los coordinadores que el bullicio de este martes por la mañana, esas personas en las escaleras, en los pasillos, con papeles en sus manos, sus laptops, sus valijas, es poco si se compara con el de los primeros días. Dicen también que los encuentros más interesantes se dan, muchas veces, en esos espacios alternativos, más allá de la formalidad de los quince minutos. Ellos miran todo con otra perspectiva; son los que se encargan de armar enlaces, de coordinar las presentaciones.

Conversaciones y acuerdos en el MICA 2019. / Cortesía Secretaría de Cultura de la Nación
Conversaciones y acuerdos en el MICA 2019. / Cortesía Secretaría de Cultura de la Nación

-Acá tenés mi tarjeta. Mandame el archivo. Me parece sumamente interesante – se escucha una voz con tonada mendocina en una de las mesas, en el sector audiovisual, que es el más amplio de todos. Para venir acá, quienes ofrecen sus ideas tuvieron que prepararse, transformar la nebulosa en proyecto. Hubo incluso una guía para “aprovechar la experiencia” de enfrentarse con los “compradores”: “No te extiendas”, “Mostrá naturalidad”, “No insistas demasiado”.

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Esta es la quinta vez que Marisa Hassan viene a participar. Llegó desde Misiones y dice que con las experiencias previas entendió muchas cosas. Es productora general de Carasucia, una película misionera que combina live action con animación, y cuenta que lograron coproducir con Suiza y España. Será el primer largometraje infantil de su provincia. “Empezamos a entender el concepto de industrias creativas y por eso ligamos otros productos de las industrias creativas para que traccionen, como aplicaciones de realidad aumentada con códigos QR para que los niños interactúen, por ejemplo. Tenemos cada vez más clara la potencia de generar un universo temático a partir de la película con la interacción de todos sectores de la industria”. ¿Cómo pasar de una ronda de mates con amigos a la concreción de un proyecto? Ella dice: “Hay que bajarlo a tierra. Pueden haber ideas brillantes dando vueltas por ahí, pero si no lo bajás a formato de proyecto y lo empezás a traccionar en estos ámbitos para conseguir socios, alianzas, recursos, queda sólo en ideas”.

“Vino mucha gente del interior que está atravesando una situación difícil porque antes se producía más. Hay señales de televisión regionales que buscan acuerdos de coproducción, o comprar contenidos, o hay gente que tiene buen plantel, equipamiento, estudios, entonces aportan eso desde su lado y gestionan como servicio”, dice Maximiliano Dubois, coordinador del sector audiovisual junto a Luciana Calcagno. “Esta vez más que nunca nos sorprendió el ímpetu de gente que tal vez va por fuera de su agenda y dice: “Me quiero reunir con tal o cual” , cuenta y avisa que faltan 20 segundos para las próximas reuniones. Antes, otra pregunta: ¿Qué determina que alguien logre más que sonrisas a la hora de despedirse? Dubois dice: “Hay varios aspectos. Primero, la originalidad. Segundo, se suele dar que tal vez hay una reunión y hay empatía y se intercambian tarjetas, pero eso requiere después un seguimiento. Es raro que de acá se vayan con cheques firmados, pero de a poco se da. Es el lugar para aprovechar las oportunidades” .

Al fondo de su zona, con la computadora siempre a mano, Alejandro Iparraguirre le pone polenta al asunto y explica por qué su sector, los videojuegos, son apuesta, realidad y tienen todo el potencial. “Desde la primera vez que se hizo el MICA, los videojuegos fueron reconocidos como parte de la industria cultural. Fuimos pioneros en el mundo”. En estas instancias muchas veces vienen inversores para hablar con los desarrolladores para que puedan terminar sus demos. Apasionado, Iparraguirre habla de esta industria incipiente, de la producción local, y del mercado no explorado. “Porque el sector se consolida haciendo producto”, dice, y cuenta que hasta hace unos minutos hablaba con un músico que había venido al MICA para mostrar lo que hacía en su sector y ahí se enteró de que los videojuegos necesitan también de los compositores. Se trata, al parecer, de venir a abrir puertas. “Los negocios en las industrias culturales se terminan cerrando en otros lados -dice Iparraguirre-. Esta es la excusa para mostrar ciertas cosas. Tal vez el sector editorial es más formal. En los videojuegos, se trata de hacer reuniones de vínculos para que después hagan negocios: que un editor invierta, que un estudio te contrate”.

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Sí, en el sector editorial la cosa iba más tradicional: una persona, otra, y entre ambas, un libro sobre la mesa. Vanina Colagiovanni, coordinadora, habla de “matcheo” entre gente que ofrece sus productos: libros, ilustraciones, autores, (aunque no tanto), o servicios editoriales, y compradores que son los que vienen a buscar de otras provincias o países; distribuidores, librerías, agencias de derechos (por primera vez esta edición). Según cuenta, Siglo del Hombre, de Colombia, firmó contrato de distribución digital ahí mismo con una editorial de estudios sociales. Y Marea, Sigilo son las editoriales que participaron y hacen “bien los deberes” a la hora de aprovechar estos encuentros.

La agenda es una guía, los quince minutos de encuentro, un minué formal, pero siempre pasa más de lo que se dice. Los que traen sus ideas van al sector de videojuegos, luego a audiovisual, pasan por editorial. En el camino, cruzan mails, tarjetas, whatsapps. Quizá concreta quien es más hábil para contagiar su idea en los pasillos, en los lugares de descanso, mientras se toma un café en vaso de plástico, o un mate que alguien consiguió traficar.

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